Aquí hay dragones

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Todos conocemos la amnesia infantil. Ni los niños ni los adultos recuerdan sus primeros meses y años de vida.

Claro que el cerebro tiene almacenadas cosas que pasaron durante ese periodo, como la voz de la madre, las tonadas musicales para dormir, ciertos olores, sabores…

Pero los recuerdos como tal provienen de la llamada memoria episódica, es decir, de la capacidad de contar y recontar una historia, por mínima que sea.

¿Por qué olvidamos entonces esos primeros meses de vida? O dicho de otro modo, ¿qué nos hace poder recordar lo que pasa después de esos meses?

El que con lobos anda

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Como seres humanos reconocemos nuestro lado, nuestra parte, más animal, instintiva, en los animales que nos rodean. A veces, ya solo en el recuerdo de esos animales con los que nuestros ancestros solían convivir en naturaleza. Para el hombre y mujer modernos, hablar de lobos, leones, elefantes, osos, cebras… es hablar de animales que hemos conocido primariamente en libros, tal vez zoológicos y documentales en televisión.

Y mientras más aumenta la distancia entre los animales y nosotros, mientras nuestro conocimiento de ellos viene de un documental en televisión, de verlos en cautiverio, o en las fotografías de una revista, y no de la experiencia directa, más nos estamos formando una imagen errónea de lo que es el espíritu animal.