El extraterrestre

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sleeping-380918_1280A veces los problemas parecen insolucionables y están en el límite de lo tolerable. Los problemas vienen en muy diferentes presentaciones y tamaños, algunos son muy inmediatos para ser resueltos, otros requieren tiempo. Los hay en diferentes ámbitos, familiar, laboral, personal, escolar, social… Los hay tan abstractos como definir matemáticamente el infinito o tan concretos como quitarse un dolor de cabeza.

Uno de los problemas más graves por los que puede pasar cualquier persona es el hambre, el hambre inmediata, la que exige ser resuelta en el instante a riesgo de perder la vida.

Imagina un ser sin capacidad para moverse, ya no digas caminar sino sin poder desplazarse ni un metro. Imagina que tiene algún problema con el idioma por lo que no entiende lo que le dicen y tampoco puede hablar para darse a entender. Digamos que ni siquiera entiende bien a bien dónde encontrar comida o cómo preparársela. Sus manos difícilmente pueden sostener algo y su vista está cercana a la ceguera.

Y tiene hambre. Al grado de que su cuerpo le exige comida inmediatamente. Es su primera y única prioridad. De eso depende su vida. Si pasa más el tiempo, morirá.

Por muy grandes que sean nuestros problemas, pocas veces si no es que casi nunca, tenemos que resolver algo tan grande. No hay deuda, rompimiento amoroso, tarea escolar, conflicto con el jefe, ni la mayoría de las enfermedades, que se comparen con tener que salvarse la vida del hambre.

Sin embargo, este individuo, que parece proveniente de alguna estrella lejana y arrogado al planeta Tierra, extranjero, casi extraterrestre, y sin mucho conocimiento de cómo funcionan las cosas por acá, trae consigo una inteligencia, un saber muy poderoso, capaz de resolver un problema tan grave. Viene como incrustado en su cuerpo, como parte de su hardware. Pero además, cuenta con programas o apps, si bien aparentemente muy sencillas, capaces de atender cosas verdaderamente importantes.

Y lo resuelve. Es un sobreviviente. Ante el problema del hambre que le presenta resistencia, llora, y un ser del que conoce muy poco pero le da una gran sensación de seguridad y protección, le da de comer. Este ser aprende muy rápido, gracias a ese saber con el que cuenta, que cierta forma de llanto le avisa a este ser protector que requiere comida y se la da.

Parte de sus capacidades consisten en poder generar en quien lo observa y escucha una suerte de trance, de fuerte hipnosis. La forma de su cuerpo, su rostro especialmente, sus mínimas expresiones generan oxitocina en quien le ve, provocando ternura, un extraño sentido de maternidad o paternidad y ganas de protegerlo, cuidarlo. Aún el más violento y agresivo de los seres humanos sucumbe y cuando se da cuenta hace todo lo posible por ayudarle.

Un bebé. Eso es este ser poderoso. Sí, un bebé, tan indefenso como parece, tan arrojado al mundo como si fuera un extraterrestre, ha logrado resolver una vez más un problema mucho más grande que la mayoría de los problemas que tenemos a diario.

Tú también fuiste un bebé. Un extraterrestre. Hoy eres un sobreviviente. Pero hace ya algunos años, recién llegado al planeta tierra, resolviste un problema de hambre aún sin poder hablar, entender, caminar o tomar algo con tus manos.

Ahora ya lo sabes y es el momento de confiar más en las capacidades de ese bebé que todavía llevas dentro. Seguro que algo se le ocurrirá. Con todo lo que ha aprendido desde entonces.

El maestro

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En la mesa de al lado del café que frecuento, un hombre de mediana edad se queja del trato tan humano que algunas personas le dan a sus mascotas sin darse cuenta que son sólo unos animales. Luego insiste que hay quien incluso deja que el hocico de su perro se acerque a los alimentos, o peor, dejan que el animal les de una lamida en la cara a modo de saludo, con el riesgo de que les pase sus gérmenes.

Escuchándolo, recuerdo a un antiguo vecino, profesor, que cada que saludaba a mi perro cuando nos encontrábamos por las mañanas me decía que los perros eran muy lindos pero el sólo hecho de pensar en tener que limpiar sus excrementos lo hacía desistir de tener uno algún día.

Dereck
Dereck

Los entiendo a los dos, al de la mesa de al lado y al vecino profesor, porque yo pensaba así. O bueno, creía que pensaba así, porque ahora se que más bien no era sensible a ciertas emociones y comunicación con los animales. Mi consciente luego se armaba una buena justificación fundamentada en cuestiones sanitarias.

Es difícil de explicar. Un día te tiras cansado a dormir después de una larga jornada de trabajo y cuando te das cuenta, entre sueños, descubres que tu perro se ha venido a dormir contigo y está usando tu brazo como almohada, con todo y su baba escurriendo sobre él. También duerme de cansancio. Y enconces te das cuenta que este ser vivo, este mamífero como lo eres tú, ha roto con los principios más elementales de la teoría de la evolución y selección naturales, porque más allá de su instinto de sobrevivencia elemental, confía plenamente en tí para quedarse profundamente dormido, sin protección alguna más que la de tu brazo y compañía. Después de algo así, ¿quién puede ser capaz de despertarlo y correrlo de su cama porque te babea el brazo? Yo no.

El vigilante.
El vigilante (Dereck)

Porque cuando eres capaz de sentir y reconocer las emociones que resuenan entre otros seres vivos y tú mismo, automáticamente se descarta cualquier argumento racional o lógico, cualquier búsqueda de una justificación.

Lo mismo le pasa a muchos que son padres por primera vez. Antes de tener un bebé se sorprendían de lo que es capaz de hacer una mamá o un papá, cambiar pañales, limpiar vómitos, despertarse en la madrugada. Pero una vez que la paternidad y la maternidad se viven, esos cuestionamientos desaparecen. Simplemente cambias el pañal, limpias el vómito, te despiertas en la madrugada.

Pero un bebé es un ser humano, argumentaran algunos. Y es cierto, pero también es un animal, igual que todos nosotros. Los cerebros de las diferentes especies de mamíferos superiores tienen realmente muy pocas diferencias entre ellos. El nuestro incluido, por supuesto.

No solo vemos el sufrimiento, la felicidad, tristeza, cansancio o entusiasmo del otro, lo sentimos como si fuera propio. Esa capacidad de compasión, de sentir con el otro, forma parte de nosotros como un mecanismo de sobrevivencia de la familia por encima del individuo, pero sobre todo, de la tribu, la ciudad, la especie y la vida misma, por encima del individuo.

Y sí, yo tampoco entendía el grado de convivencia que se puede llegar a tener con una mascota, hasta que tuve una. Igual que un padre no se cuestiona de las implicaciones sanitarias de cambiar un pañal, el dueño de una mascota tampoco lo hace cuando hay que limpiar su excremento.

Y claro, cada quien lo vive diferente. Estamos hablando de capacidades y sensibilidades, y en eso hay tantas variaciones como personas. En mi caso, mucho antes de tener un perro de mascota, descubrí el mayor cambio a nivel personal gracias a un perro en la calle.

Fue hace ya algunos años, después de haber estado en algún retiro de meditación y yoga. De hecho, fue después de por lo menos un par de retiros y algunos meses de practicar meditación y yoga por primera vez de modo sistemático en mi vida.

Parecía una tarde como cualquier otra. Estaba en la calle, sobre la banqueta o acera, afuera de una tienda, cerca de donde vivía, esperando a quien me acompañaba. Me sentía bien no solo porque mi situación personal, laboral y de pareja iban de maravilla, sino porque sentía que de alguna manera los nuevos hábitos me estaban ajustando bien. Sin embargo, esa percepción puede ser muy subjetiva y a veces engañosa. Nos sugestionamos y el bienestar, si bien sano y productivo, es muy general y superficial.

A veces, es necesario que la realidad misma nos sorprenda para darnos cuenta de las transformaciones más profundas.

Al estar ahí parado en la calle, derrepente sentí algo que tocaba mi mano. En lugar de reaccionar de modo inmediato como seguramente lo hubiera hecho antes, alejando mi mano de cualquier contacto hasta no saber qué era, simplemente miré. Un perro estaba oliendo mi mano. Y otra vez, en lugar de hacerme a un lado, seguí quieto, tranquilo, como si nada. El perro habrá sentido la calma porque me empezó a lamer.

La loba, le dicen. Lobo noble, me nombraron. Y compartimos cansancio y soledad también.
La Loba, le dicen

Fue entonces cuando verdaderamente sentí que algo faltaba en mi vida. Que toda esa meditación y yoga, se habían llevado algo con lo que había vivido siempre: me percaté que ya no tenía miedo. Y bien dicen que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, y yo ese día descubrí que había tenido miedo toda mi vida.

Me vinieron a la mente todas las veces que me había encontrado con un perro, los momentos de tensión en mis brazos, el aceleramiento de mi respiración, mis justificaciones para no acercarme plenamente a ellos, mis cuidados para acariciarlos, en suma, ese miedo sutil y oculto.

Esa tarde, ese perro fue mi maestro. Me enseñó que la meditación y el yoga no solo me estaban haciendo sentir bien, como si saliera del spa o de un masaje relajante, sino que un cambio profundo, una transformación a nivel cerebral, se había dado en mí, incluso más allá de lo esperado por mí, y por lo tanto, de ahí la sorpresa y asombro.

Fue por esos días que decidí darle continuidad al cambio y hacerme psicoterapeuta. Y sí, también ahora soy de los que deja que mi mascota me de una lamida en la cara cuando nos saludamos. Sólo espero no ser yo el que le pase mis gérmenes.

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El superdotado

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Para Álvaro Carbajal,
que además de inspirar este texto,
prepara un expreso de primera y compone tangos

1543,AndreasVesalius'Fabrica,BaseOfTheBrain[stag_dropcap font_size=”50px” style=”normal”]C[/stag_dropcap]omo si estuviéramos en una escena de alguna película de Star Wars, un futbolista profesional es puesto bajo una prueba similar a la que Obi Wan Kenobi* somete al joven Luke Skywalker para confiar en la Fuerza. En el episodio cuatro de la saga cinematográfica, el aprendiz de Jedi es vendado para aprender a usar su espada láser sin usar la vista, y sólo usar ese extraño recurso llamado la Fuerza. En el caso que nos ocupa hoy, Cristiano Ronaldo, futbolista portugués, espera un pase desde el tiro de esquina o corner hacia el área del guardameta. El balón se levanta del piso, Ronaldo lo observa y da algunos pasos hacia adelante para encontrarse con la pelota. Parece una jugada de rutina para el futbolista, pero a medio vuelo del balón, todas las luces se apagan dejando el campo en total oscuridad. Una ceguera, similar a los ojos vendados del aprendiz de Jedi, no impide que Cristiano Ronaldo llegue con un cabezazo franco al balón y anote el gol, según podemos ver gracias a una cámara de visión nocturna. Y no es un gol por casualidad, ya que el jugador portugués lo puede hacer una y otra vez: su cerebro sólo requiere que sus ojos vean cuando el balón se levanta del piso; después de eso, puede confiar ciegamente en lo que los Jedi llaman la Fuerza.

El video con esta proeza del superdotado Cristiano Ronaldo se puede ver en youtube.com, y es solo un fragmento de algún programa de televisión.

La velocidad con que nuestro cerebro procesa la información recibida por los ojos, la pasa por el nervio ocular a través de la retina, luego al sistema visual para procesarla, su llegada al área psicomotora para activar los músculos necesarios y mover el cuerpo, esta velocidad, ya ha sido medida por la ciencia, y es de apenas unos doscientos milisegundos, es decir, una quinta parte de segundo (0.2 segundos). El cerebro no necesita más de ese tiempo para saber qué hacer ante un estímulo visual conocido. Y todo esto es sin que nos percatemos de ello, sin ser conscientes. Quien se encarga de hacer este trabajo, para hacerlo más rápido, lo hace sin nuestro consciente, sin la voluntad o racionalidad.

En cambio, la parte consciente, la capacidad de percatarse de hacer las cosas y no sólo hacerlas, ya ha sido medida y es mucho más lenta. Por lo menos, de unos quinientos milisegundos, o medio segundo. Mucho más tiempo que el que se necesita para reaccionar satisfactoriamente y anotar un gol con la poca información que Cristiano Ronaldo recibe antes de que apaguen las luces.

Después de anotar, los conductores del programa le piden a Ronaldo una explicación de cómo anoto sin luz. Como todo jugador profesional, él da una explicación creyendo que él es consciente de lo que hace, como si sus decisiones psicomotoras dependieran de su voluntad y racionalidad. Dice que cuando la luz se apaga “es difícil porque tiene que memorizar la pelota”. La verdad es que él, el Ronaldo consciente y racional no tiene que hacer nada. La verdad es que el consciente de todo ser humano siempre intenta llevarse el crédito de nuestras acciones, pero tiene muy poco que ver en la mayoría de ellas.

http://youtu.be/id3wGx_sa-M

Por otro lado, una voz en off o voice over sobre el video, nos explica que el cerebro de Cristiano Ronaldo tiene que hacer los cálculos de distancia, velocidad, altura, para saber en qué punto encontrarse con el balón. Como si el cerebro funcionara como una computadora. La neurociencia actual ha demostrado que no es así. Ninguna parte de nuestro cerebro mide distancias, alturas o velocidades. El tiempo, energía y recursos que eso se llevaría serían poco prácticos para sobrevivir. Y lo más importante, si tuviéramos un cerebro capaz de hacer esos cálculos en una fracción de segundo, las matemáticas de la escuela no se nos dificultarían tanto. No, así no funciona nuestro cerebro.

La realidad que el cerebro construye internamente dista mucho de ser un modelo de autocad, con medidas y cálculos elaborados. El cerebro sólo traza una línea imaginaria por el que supone que va a ser el trayecto del balón. Esta línea imaginaria está representada en el cerebro, por así decirlo, en dos dimensiones (2D) y no en tres dimensiones (3D). El cerebro busca que el cuerpo se mueva a una posición en donde esta línea imaginaria aparezca recta y horizontal en relación a la su propia posición. Esta es la razón por la cual los que juegan en la posición de jardineros en el béisbol tiendan a chocar con la barda que limita el campo. Si su cerebro calculara la parábola, como lo sugiere el video de Ronaldo, calcularían con precisión el lugar donde la bola va a caer, y podrían saber con antelación que un muro les impide el paso. Lo mismo pasa con el guardameta en el futbol. Si su cerebro calculara la altura, velocidad y distancia de la trayectoria del balón, el portero no tendría que acompañarlo o seguirlo con tanta desconfianza hasta pasar por arriba de los tres palos.

Y finalmente, el video es engañoso porque Ronaldo no pudo haber anotado al primer intento. Sin dudar de su capacidad, es muy posible que las primeras veces que intentó impactar el balón en la oscuridad, su consciente haya reaccionado ante la novedad de la situación, activado la vista y por lo tanto impedido a sus movimientos intuitivos o inconscientes ejecutar el remate a gol. En esto, el entrenamiento del Jedi es correcto: Ronaldo tuvo que haber aprendido a no hacer caso a su ceguera y confiar en la Fuerza, en lo previamente aprendido por su cerebro.

Ante estímulos conocidos, nuestro cerebro es ciego. Sí, el cerebro humano no podría procesar toda la información que recibe del exterior en cada momento. Lo que ha aprendido a hacer muy bien es a construir una realidad interna con base en muy pocos datos externos, usando la expectativa y la predicción. Mientras el exterior no cambie, el cerebro considera que no es necesario estar atento a esa información y por lo tanto se ahorra el tener que procesarla. Es mucho más rápido y eficaz usar la información ya almacenada. La consciencia es utilizada por el cerebro sólo cuando las condiciones exteriores cambian, contrarias a las expectativas y predicciones. Por eso es muy probable que en las primeras pruebas a las que fue sometido Ronaldo fueron omitidas en la edición final del programa mostrado ya que tenía que acostumbrarse a la novedad de rematar en la oscuridad, a ciegas. Lo interesante es que en realidad, su parte consciente siempre lo hace así. A pesar de tener los ojos abiertos, su cerebro no ocupa la información que recibe de ellos a menos que el balón cambie de trayectoria o suceda algo muy excepcional. “Usa la Fuerza, Luke.”

Pero lo mejor de todo, y que el fragmento de este programa de televisión no revela, es que todo cerebro es superdotado, y no sólo el del jugador portugués. Durante los últimos minutos en que has estado escuchando o leyendo este podcast o artículo, tu cerebro ha tenido que realizar una gran cantidad de trabajo sin que tu consciente se de cuenta, sin que tu tengas que percatarte de ello. Pasar de los sonidos a las sílabas, de ahí a las palabras, significados, frases, párrafos, y de ahí a las ideas, es algo que no haces conscientemente.  Y lo mismo sucede cuando manejas el automóvil o la bicicleta, te pones a cocinar, juegas con los niños, caminas o hasta respiras. Siempre hay una gran cantidad de trabajo que se hace sin que nos percatemos de ello. ¿Cuántas veces has respirado desde que empezaste este audio o texto? Hay una parte en tu cerebro que sabe respirar mejor que tú y se ha hecho cargo de esa labor desde el primer día que naciste. Tan grande es la sabiduría de nuestro cerebro.

  • Gracias por hacerme la corrección de Ben a Wan, tú que lees atentamente y amas también los cliffhangers.

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El acechador de sueños

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Inception Poster[stag_dropcap font_size=”50px” style=”normal”]¿[/stag_dropcap]Alguna vez te has percatado en medio de un sueño que estás soñando? ¿Te parece que el poder controlar lo que pasa dentro de un sueño es sólo posible en películas de ciencia ficción como Inception?

Los sueños siempre han causado fascinación a los seres humanos en todas las culturas y todos los tiempos. Tanto a nivel personal como a nivel social. Los sueños nos presentan una realidad que parece tan real como la realidad misma, al menos para nuestros sentidos, y por lo que se ha ido revelando en múltiples estudios al respecto, tan real también para nuestro cerebro. Algo o alguien con una gran capacidad para elaborar un mundo completo lleno de escenas y personajes nos presenta esta realidad aparte. Para algunas culturas o personas, este algo o alguien tiene que provenir de algo ajeno a nosotros. Para la ciencia, el cerebro es capaz de hacerlo sin ningún problema, por lo que si es algo, está en el cerebro, y si es alguien, somos nosotros mismos. De hecho, la neurociencia actual considera que toda realidad, tanto la que vivimos dormidos como la que vivimos despiertos, está elaborada o construida por nuestro propio cerebro. De cualquier modo, esta capacidad es sorprendente.

Una diferencia aparente entre la realidad dormida y soñada es el que en la primera estamos conscientes de estar despiertos, al menos en lo general o por momentos, y por lo tanto es posible tener cierta voluntad de hacer lo que queremos y no lo que la inercia del sueño nos va llevando a hacer. Sin embargo, ¿qué pasa cuando alguien dice darse cuenta de estar soñando? Es decir, ¿qué pasa cuando alguien dice haber tenido un sueño lúcido?

En las culturas mágicas o primitivas, quien tiene esta capacidad es muy probable que este destinado o haya sido elegido para ser un mago, brujo o chamán. Pareciera que para la ciencia esto de los sueños lúcidos no es posible, y en última instancia es solo parte del sueño. Esto es, soñamos que creemos estar concientes de estar soñando, pero eso mismo forma parte del sueño. Y aún si realmente alguien fuera capaz de estar conciente durante un sueño, ¿cómo comprobarlo, cómo medir esa capacidad?

Pues como dije, esto es lo que pareciera que la ciencia piensa, es lo que el sentido común nos dice. Porque si la ciencia ya hubiera descubierto algo al respecto, todos lo sabríamos, ¿no?. Pero el conocimiento científico, si bien parece muy estructurado en lo académico, en sus publicaciones, “journals“ y libros, es mucho más disperso de lo que pudiera parecer. Sí, los sueños lúcidos no sólo han sido estudiados a detalle sino que su existencia ha sido demostrada en estrictas pruebas de laboratorio, con todos los resultados revisados “peer to peer” y publicados en diferentes “journals“ científicos. Y no, no es un tema de vanguardia. La demostración se realizó a finales de los setenta y su publicación salió a la luz a principios de los ochenta, del siglo pasado.

Stephen LaBerge nació en 1947 y su primer campo de estudios fueron las matemáticas, por las cuales obtuvo su título universitario y le ayudó a formar un intelecto lógico, estructurado y muy racional. Científico, en una palabra. Sin embargo, desde muy joven traía consigo uno de esos apasionados misterios difíciles de hacer a un lado, aunque no muy bien vistos por sus colegas.

LaBerge había vivido de adolescente la experiencia de poder estar conciente durante el sueño, o como lo definiría más tarde, de saber que estaba soñando mientras soñaba. Como científico, no pudo resistirse a estudiar el fenómeno. El doctorado lo hizo en Psicofisiología por la Universidad de Stanford, y el tema de su tesis, con la que se graduó en 1980, fueron, por supuesto, los sueños lúcidos.

Los resultados de las investigaciones realizadas hasta la fecha por Stephen LaBerge son mucho más que sorprendentes y extraordinarios, tan es así que seguramente han sido leídas a profundidad por el escritor y director de cine Christopher Nolan, famoso por la más reciente saga de Batman, pero creador de la película de ciencia ficción de cuyo tema tratamos hoy: Inception.

Sin embargo, hoy comentaremos específicamente la prueba de laboratorio que demostró científicamente la existencia de los sueños lúcidos. Sí, lo que parecía imposible de lograr, saber lo que está pasando dentro de la mente de alguien mientras sueña, se logró desde la década de los ochenta. Para ello, LaBerge reclutó para sus primeros estudios, a muy diferentes sujetos que decían tener sueños lúcidos. Como era de esperarse, los puso a dormir mientras estaban conectados a diferentes aparatos, en especial la herramienta disponible en esos años, que es el electroencefalograma.

Todos soñamos aunque no recordemos lo que soñamos. El sueño se da durante unos minutos mientras dormimos, ya estando en un estado profundo de relajación. Durante el sueño, cuando la mayoría experimentamos una gran cantidad de estímulos visuales creados por nuestro cerebro, los ojos responden a esos estímulos, creyendo que son reales, por lo que se mueven de modo aparentemente aleatorio, girando para todos lados, como si estuviéramos despiertos viendo un espectáculo teatral y no qusiéramos perdernos ningún detalle. A este movimiento de los ojos durante los minutos de sueño se les conoce como MOR, abreviatura de movimiento ocular rápido.

Saber que una persona soñaba o no era algo demostrado para la fecha en que LaBerge hizo sus primeros experimentos. Si despiertas a alguien antes de que se le muevan los ojos, no pueden reportar sueño alguno. Si los despiertas después, pueden describir lo que acaban de soñar.

Las pruebas de LaBerge revelaron algo más sorprendente aún. Uno de los sujetos de investigación tuvo por algunos momentos durante el MOR movimientos únicamente de lado a lado, es decir, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Al despertar, LaBerge le preguntó que qué había soñado. La respuesta puede dar risa, pero le dio al científico la pista que estaba buscando: el soñador había estado viendo un juego de tenis y sus ojos habían estado siguiendo el movimiento de la pelota. Izquierda a derecha, derecha a izquierda.

A partir de ese momento, surgió el diseño de un nuevo experimento. Se le pidió a los soñadores lúcidos que controlaran el movimiento de sus ojos durante el sueño, y en lugar de estar volteando para todos lados, como niños en dulcería, sólo movieran los ojos de lado a lado. La mayoría de los sujetos lo logró. No solo eso, con el tiempo, lograron a voluntad contar el número de veces que movían los ojos. Y esto era verificable por los científicos que observaban a la persona dormida. Se había logrado una prueba de la existencia de los sueños lúcidos y del control que puede tener alguien dentro de su propio sueño. Esta comunicación mínima del movimiento de los ojos con alguien mientras sueña, fue un verdadero pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad.

Sin embargo, el tema es bastante incómodo para la mayoría de los científicos. Las investigaciones continuaron, al grado de desarrollar métodos para que una persona pueda aprender a tener sueños lúcidos. Sin embargo, los resultados no hacen eco en la comunidad científica, mucho menos en la terapéutica. En la literatura budista el fenómeno no solo se describe sino que se enseña y se usa en el camino a la iluminación. A veces, la ciencia ha negado tanto a la magia, que cuando se demuestra alguno de sus fenómenos, prefiere guardar silencio.

Hoy, estas investigaciones pueden tener un segundo aire con los equipos de resonancia magnética y el proyecto de Mapa de Actividad Neuronal que gobierno del Presidente Obama en Estados Unidos está impulsando, y equivale en importancia al del Genoma Humano.

Lo cierto es que ya lo sabes, si alguna vez, en medio de un sueño, te has dado cuenta que estás soñando, o alguien alguna vez te ha confiado una experiencia así, no quiere decir que han visto demasiadas veces la película Inception. Saber que soñamos cuando soñamos es más normal de lo que parece. Ahora además, puedes empezar a soñar con tus sueños.

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El hacedor de lluvia

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Paisaje de otoño y río, Sesshū Tōyō

[stag_dropcap font_size=”50px” style=”normal”]A[/stag_dropcap] nuestra sociedad le gusta recuperar términos y conceptos que hacen referencia a los ya olvidados tiempos en que la cacería y la agricultura eran lo más importante en nuestras vidas. Las áreas de recursos humanos de las grandes empresas y las compañías consultoras especializadas se empeñan, por ejemplo, en “cazar cabezas” o “cazar talentos” —por la traducción del inglés headhunters.

Otro concepto recuperado de nuestra antigüedad agrónoma por el corporativismo contemporáneo es el de “hacedor de lluvia” o rainmaker. En las sociedades que dependían directamente de la agricultura por temporal, las sequías significaban muerte, enfermedades y años de sufrimiento. La expectativa de lluvia cuando ésta faltaba se convertía en la espera de un milagro que podía cambiar radicalmente la existencia. Y por supuesto, alguien capaz de hacer llover se volvía la persona más valiosa para ese mundo.

Hoy, se le llama rainmaker a quien puede salvar milagrosamente una empresa, un área de ventas, una sucursal o una franquicia, alguien quien puede convertir una sequía financiera o de negocios en una lluvia de ingresos económicos. Usualmente, alguien reconocido por su fuerza, ánimo, capacidad de empuje, liderazgo, en fin, capaz de hacer bailar a todos para que llueva.

Cuenta una vieja historia taoista que un día, hace ya varios siglos, un pequeño poblado vivió una profunda sequía de varios años. El hambre, la escasez, enfermedad, y deshidratación, habían alterado el día a día de la aldea, las relaciones familiares, la interacción entre los pobladores, e incluso los festejos, eventos religiosos y relaciones amorosas al grado de ya no recordar cómo era la vida cuando el agua todavía habitaba en sus campos y en sus casas.

La desesperación los hizo buscar un famoso hacedor de lluvia para pedirle ayuda. Un viejo y sabio anciano —¡quién más!— llegó a la aldea y aceptó tranquilamente la encomienda. Todos en el pueblo esperaban que el anciano iniciara algún tipo de rito espectacular en los siguientes días, pero el sabio simplemente se instaló en una pequeña choza y empezó a cuidar su jardín, meditar, leer y contemplar la naturaleza.

Así pasaron las semanas. La apacible vida del que se le conociera por hacer lluvia, atraía las miradas de sus vecinos, sorprendidos de que hiciera nada por provocar la precipitación fluvial tan esperada. Mientras tanto, los niños hacían el hábito de visitar el jardín del anciano y jugar en él. Algunos jóvenes se acercaban a escuchar sus historias y aventuras, producto de una larga vida y múltiples viajes. Los más ancianos se acostumbraron a tomar té con él y disfrutar sus silencios. Y el anciano sabio seguía sin hacer mayor cosa.

Pero entonces llovió. Y luego, volvió a llover. Los campos empezaron a florecer y reverdecer. Los sembradíos tomaron vida otra vez. Los animales de las granjas recuperaban fuerza y peso. Frutos, verduras y alimentos llenaron las mesas de las familias. Nuevas parejas de enamorados se conocían, las fiestas abundaban, los eventos religiosos eran lo que habían sido antes.

Felices, los pobladores fueron a agradecer al anciano sabio. Ninguno podía ocultar su sorpresa pero también sus dudas. Nadie lo había visto llevar acabo rito alguno, interpretar algún canto, repetir alguna oración especial o ejecutar alguna danza mágica.

Tras el agradecimiento, la pregunta no se hizo esperar. ¿Cómo lo había hecho?

El hacedor de lluvia, con la calma y tranquilidad que lo caracterizaba, les explicó que cuando llegó al pueblo percibió una falta de balance, un desequilibrio, entre los pobladores y en su relación con la naturaleza que los circundaba. Hacía falta armonía y él se limitó a vivir en armonía. Una persona en armonía genera armonía con quien convive, y la vida en armonía de los seres humanos, genera armonía en los animales con quien se relaciona, en las plantas, la tierra, el cielo, el agua…

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Reescribir la historia del mundo

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Imagina por un momento que esta concepción hinduista del renacimiento es una realidad y que así como viviremos una siguiente vida de acuerdo a como hayamos vivido esta, también vivimos una vida anterior que nos hizo nacer en esta.

Tal vez en tu vida anterior no eras todavía humano. Al morir, como todos, te presentaste en algún tipo de oficina para ver en qué ibas a renacer en la siguiente vida. No eras el único esperando renacer por lo que tuviste que esperar en la línea. Adelante de tí estaba alguien que acababa de ser serpiente y se quejaba de que ya llevaba tres vidas como serpiente sin cambio alguno. Cuando llegó su turno le comunicaron que iba a ser serpiente una cuarta vez a lo que ésta se enfureció, empezó a gritar y a enojarse con todo mundo. Alguien le dijo que precisamente por eso seguía renaciendo una y otra vez en serpiente.

Y bueno, llegó tu turno y te avisaron que esta vez renacías en un ser humano, el que eres ahora. ¿Recuerdas tu emoción, tu felicidad, las expectativas de empezar una nueva vida? ¡Una vida como ser humano!

Quizás te advirtieron que no iba a ser fácil, que el ser humano sufre, a veces llora, tiene un problema con sentirse satisfecho de modo definitivo, en fin, te leyeron las contraindicaciones. Pero estoy seguro que eso no eliminó la emoción que tenías en tu vida previa de transformarte en un ser humano. Pues recuerda hoy esa emoción, siéntela, porque a veces todos necesitamos que nos recuerden que haber nacido ser humano, no importa cómo, no importa de donde venimos realmente, es tremendamente emocionante.

Más o menos así recuerdo este cuento en boca de Stephen Gilligan, escritor y psicoterapeuta, en una de sus conferencias dentro del 11o Congreso Internacional sobre Enfoques Ericksonianos en Psicoterapia el año pasado, en Phoenix, Arizona, en Estados Unidos. Los llamados cuentos terapéuticos difícilmente serán algún día seleccionados para una antología literaria o sus autores galardonados por premios otorgados por una secretaría o ministerio de cultura. Pero como toda literatura, como todo arte, nos cambian la manera de ver la realidad y por lo tanto la realidad misma, como la neurociencia ha ido descubriendo.

La diferencia es que el cuento terapéutico tiene en el cambio del oyente su único objetivo. Y a diferencia de la literatura, estos cuentos se eligen o a veces se construyen in situ, en el momento de la sesión, a la medida del receptor.

Por cierto, no siempre sabes que estás leyendo o escuchando un cuento terapéutico. Parte del truco radica en que si etiquetas un cuento como terapéutico la gente cree que se trata de un fármaco o medicamento y ni quien lo quiera leer. Por eso es que puedes estar leyendo un blog o escuchando un podcast y no darte cuenta de ello. Pero no se lo digas a nadie.

En fin, que cuando le escuché a Stephen Gilligan este cuento me recordó a alguien que se acercó a psicoterapia y la causa de todos sus males era el empleo que tenía. Un empleo de esos que se tienen para pagar la renta y no lo puedes dejar de un día a otro. Se quejaba de sus condiciones laborales, ambiente de trabajo, el jefe o la jefa, el patrón o dueño, los proyectos, en fin, de todo lo que te puedes quejar de un empleo.

Le dije algo así como: “recuerda el día que te entrevistaron o seleccionaron para este empleo; ¿hace cuánto fue?, ¿cómo fue?”. Mientras más detalles, mejor. Porque luego le dije: “recuerda la emoción que sentías ante el nuevo trabajo, las expectativas, las ganas que tenías de empezar a trabajar, por el trabajo, por el ingreso, porque te iba a ayudar a pagar la renta, por lo que fuera; si te hubieran dicho ese día, y tal vez te lo dijeron, los inconvenientes de tu trabajo como me los has descrito, ¿hubieras aceptado de todos modos el trabajo?”.

Y sí, por supuesto que sí. Dijo que sí, porque a menos que seamos una serpiente en su cuarta vida como serpiente, cualquiera acepta emocionado un nuevo trabajo.

Los que me conocieron en una de mis vidas anteriores, o facetas si prefieren, cuando era más filósofo y escritor, a veces se preguntan cómo es que ahora me dedico a la psicoterapia. Lo que no saben es que la sesión psicoterapéutica es un proceso creativo en donde confías una historia, tu historia, y la entregas para ser escuchada, leída con atención. Con la atención que se lee al más complejo de los filósofos o el más elaborado de los cuentos.

Y luego, para todos los que buscan un cambio en su vida, el cuento terapéutico te ayuda a reescribir la historia del mundo. De tu mundo, ya seas paciente, consultante, escucha o lector.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com