Cómo sobrevivir al Titanic

Dedicado para Lorenzo Alejandro López Barbosa que gusta de esta metáfora tanto como yo
By Unknownhttp://students.umf.maine.edu/~hartwenr/webquest/teacherpage/titanic%20in%20dock.jpg, Public Domain, Link

La historia del Titanic es simple: el trasatlántico más grande hasta esa fecha zarpa en su viaje inaugural; a medio camino colisiona con un iceberg; fatalmente, el barco se hunde. Una historia en tres actos.

Sobre esa simple historia hemos hecho una gran serie de variaciones en libros, reportajes, documentales, películas… Su simpleza lo permite.

Pero hay algo en esa simpleza que nos aburre. La vida a veces es simple, pero nos la complicamos. ¿Por qué gustamos tanto de convertir nuestras historias en conflicto y confrontación?

La primera y más elemental variación a la historia del Titanic es que se agrega el factor de presunción y ostentación en el primer acto: es un barco inhundible. Lo cual transforma la historia en un cuento moral.

La variación más reciente la conocemos todos de manos de James Cameron por la famosa película Titanic.

A esta historia, que rescata la variación moral de la presunción y ostentación, se sobreponen o entrelazan otras, la más clara siendo la historia romántica y de sobrevivencia por parte de los dos protagonistas principales, Rose y Jack.

Algunas variaciones han preferido convertir en antagonista a la naturaleza, al iceberg, un poco siguiendo a Herman Melville y su Moby Dick. Pero Cameron prefirió agregar a un ser humano como el villano de la historia, a saber, el prometido acaudalado de Rose.

Toda esa lucha por el amor y la sobrevivencia requiere agregar a los tres actos originales un acto más, después del primero, llamado desarrollo. Esto ayuda a que se genere una mayor expectativa en la resolución final del tercero y cuarto actos.

A los occidentales nos gusta el conflicto, la confrontación, el antagonismo e incluso la violencia en las narrativas que nos cuentan y contamos.

Pero no toda narrativa tiene que tener conflicto, mucho menos violencia.

Veamos primero la estructura clásica que gobierna nuestra narrativa.

La estructura en tres actos consiste en exposición o planteamiento, confrontación o nudo, y resolución o descenlace. Esto es:

  1. el barco más grande del mundo zarpa,
  2. colisiona con un iceberg,
  3. se hunde.

También puede separarse en cuatro actos agregando uno entre el primero y el segundo denominado desarrollo. En la trama principal de la película Titanic:

  1. el barco más grande del mundo zarpa, entre los pasajeros, un par de jóvenes de mundos opuestos;
  2. los jóvenes se enamoran y luchan por su amor;
  3. el barco colisiona con un iceberg, la pareja busca sobrevivir y seguir luchando por su amor;
  4. el barco se hunde, ellos se amarán por siempre, más allá de la muerte.

Los occidentales modernos estamos muy acostumbrados a repetir la estructura de los tres o cuatro actos, la del conflicto y confrontación, en nuestras vidas y nuestra cultura. No tiene porque ser así.

Veamos otras estructuras narrativas.

La estructura oriental de kishōtenketsu, por ejemplo, consiste en cuatro partes, similar a la estructura de cuatro actos: introducción, desarrollo, giro, conclusión.

Todos los actos o partes, excepto el tercero, se pueden considerar muy similares. Lo que contrasta es que en lugar de la confrontación o nudo, los orientales tienen el giro, también llamado tema secundario o subtema, lo inesperado, el cambio.

El siguiente cuento es de Ítalo Calvino:

«Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuang Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con doce servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. “Necesito otros cinco años”, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los diez años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto.»

El giro es tan claro como bello. El desarrollo crea expectativa, pero no se resuelve con conflicto o confrontación. Se resuelve contrastando con otro tema, con una situación o imagen que nos sorprende, en este caso la rapidez y brevedad del artista frente al tiempo de espera o incubación.

Lo he dicho antes: a los occidentales nos gusta el conflicto, la confrontación, el antagonismo e incluso la violencia en las narrativas que nos cuentan y contamos, pero mucho más importante, en las narrativas, historias y cuentos que nos contamos a nosotros mismos, que construimos de nuestros recuerdos, y que al final del día, repetimos en nuestra mente para convencernos de que esas historias son lo que nos hace ser como somos.

“Me dijo, me hizo, le respondí, le hice…”
“Desde mi infancia he sido así, mis padres me lo inculcaron, no puedo cambiar, así soy yo, esto soy yo…”

Estas son frases que forman parte del guión de nuestra propia película o historia. ¿Cómo es la estructura narrativa que las forma? ¿Está encaminada al conflicto, la confrontación? ¿Existen icebergs o villanos a los cuales echarles la culpa de no poder llegar al cuarto acto, de resolver el nudo?

Quizás ya te diste cuenta que a veces esas historias nuestras están simple y sencillamente llenas de giros, cambios, sorpresas, cosas inesperadas, sin violencia, sin confrontación, y que en un instante, con un solo gesto, puedes dibujar el desenlace más perfecto que jamás se haya visto.

Referencias

Kishōtenketsu – Wikipedia

The significance of plot without conflict

Lezioni americane. Sei proposte per il prossimo millennio, Ítalo Calvino.