Reescribir la historia del mundo

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Imagina por un momento que esta concepción hinduista del renacimiento es una realidad y que así como viviremos una siguiente vida de acuerdo a como hayamos vivido esta, también vivimos una vida anterior que nos hizo nacer en esta.

Tal vez en tu vida anterior no eras todavía humano. Al morir, como todos, te presentaste en algún tipo de oficina para ver en qué ibas a renacer en la siguiente vida. No eras el único esperando renacer por lo que tuviste que esperar en la línea. Adelante de tí estaba alguien que acababa de ser serpiente y se quejaba de que ya llevaba tres vidas como serpiente sin cambio alguno. Cuando llegó su turno le comunicaron que iba a ser serpiente una cuarta vez a lo que ésta se enfureció, empezó a gritar y a enojarse con todo mundo. Alguien le dijo que precisamente por eso seguía renaciendo una y otra vez en serpiente.

Y bueno, llegó tu turno y te avisaron que esta vez renacías en un ser humano, el que eres ahora. ¿Recuerdas tu emoción, tu felicidad, las expectativas de empezar una nueva vida? ¡Una vida como ser humano!

Quizás te advirtieron que no iba a ser fácil, que el ser humano sufre, a veces llora, tiene un problema con sentirse satisfecho de modo definitivo, en fin, te leyeron las contraindicaciones. Pero estoy seguro que eso no eliminó la emoción que tenías en tu vida previa de transformarte en un ser humano. Pues recuerda hoy esa emoción, siéntela, porque a veces todos necesitamos que nos recuerden que haber nacido ser humano, no importa cómo, no importa de donde venimos realmente, es tremendamente emocionante.

Más o menos así recuerdo este cuento en boca de Stephen Gilligan, escritor y psicoterapeuta, en una de sus conferencias dentro del 11o Congreso Internacional sobre Enfoques Ericksonianos en Psicoterapia el año pasado, en Phoenix, Arizona, en Estados Unidos. Los llamados cuentos terapéuticos difícilmente serán algún día seleccionados para una antología literaria o sus autores galardonados por premios otorgados por una secretaría o ministerio de cultura. Pero como toda literatura, como todo arte, nos cambian la manera de ver la realidad y por lo tanto la realidad misma, como la neurociencia ha ido descubriendo.

La diferencia es que el cuento terapéutico tiene en el cambio del oyente su único objetivo. Y a diferencia de la literatura, estos cuentos se eligen o a veces se construyen in situ, en el momento de la sesión, a la medida del receptor.

Por cierto, no siempre sabes que estás leyendo o escuchando un cuento terapéutico. Parte del truco radica en que si etiquetas un cuento como terapéutico la gente cree que se trata de un fármaco o medicamento y ni quien lo quiera leer. Por eso es que puedes estar leyendo un blog o escuchando un podcast y no darte cuenta de ello. Pero no se lo digas a nadie.

En fin, que cuando le escuché a Stephen Gilligan este cuento me recordó a alguien que se acercó a psicoterapia y la causa de todos sus males era el empleo que tenía. Un empleo de esos que se tienen para pagar la renta y no lo puedes dejar de un día a otro. Se quejaba de sus condiciones laborales, ambiente de trabajo, el jefe o la jefa, el patrón o dueño, los proyectos, en fin, de todo lo que te puedes quejar de un empleo.

Le dije algo así como: “recuerda el día que te entrevistaron o seleccionaron para este empleo; ¿hace cuánto fue?, ¿cómo fue?”. Mientras más detalles, mejor. Porque luego le dije: “recuerda la emoción que sentías ante el nuevo trabajo, las expectativas, las ganas que tenías de empezar a trabajar, por el trabajo, por el ingreso, porque te iba a ayudar a pagar la renta, por lo que fuera; si te hubieran dicho ese día, y tal vez te lo dijeron, los inconvenientes de tu trabajo como me los has descrito, ¿hubieras aceptado de todos modos el trabajo?”.

Y sí, por supuesto que sí. Dijo que sí, porque a menos que seamos una serpiente en su cuarta vida como serpiente, cualquiera acepta emocionado un nuevo trabajo.

Los que me conocieron en una de mis vidas anteriores, o facetas si prefieren, cuando era más filósofo y escritor, a veces se preguntan cómo es que ahora me dedico a la psicoterapia. Lo que no saben es que la sesión psicoterapéutica es un proceso creativo en donde confías una historia, tu historia, y la entregas para ser escuchada, leída con atención. Con la atención que se lee al más complejo de los filósofos o el más elaborado de los cuentos.

Y luego, para todos los que buscan un cambio en su vida, el cuento terapéutico te ayuda a reescribir la historia del mundo. De tu mundo, ya seas paciente, consultante, escucha o lector.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com

El aprendiz de mago

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La ficción, especialmente la ciencia ficción, tiene esta extraña virtud, colateral a su propósito, de profetizar aniversarios incumplidos. Que mejor ejemplo que “1984”, la novela de George Orwell, que si bien nos ha heredado conceptos como el de big brother o crimen de pensamiento, tremendamente vigentes en nuestra época, la fecha planteada para este futuro distópico quedó muy lejos de hacerse realidad. Aunque claro, se podrá argumentar que más que el futuro, el género plantea un futuro posible de tantos.

Esto habría que decírselo a los fanáticos del universo “Terminator”, que el 19 de abril del 2011 llevaron a cabo diferentes actividades, principalmente en la red, para conmemorar el día en que Skynet, el gran sistema o red de cómputo, toma conciencia y se revela contra los seres humanos. Ese día por ejemplo, alguien abrió una cuenta en Twitter a nombre de Skynet, esperemos que no haya sido el mismo Skynet sino algún fan.

Para un grupo muy selecto, de culto diría yo, existe una fecha de estos futuros de la ficción que sí podrá ser recordada como verdaderamente mágica y misteriosa porque en ella se cumplió todo al pie de la letra.

Hablo de un cuento que escribió Max Beerbohm y en el narra como en el año de 1897, el mismo Max Beerbohm conoce a un poeta de poca monta pero sumamente pretencioso llamado Enoch Soames. Enoch no ha vendido libros pero se la pasa asegurando que su talento será reconocido por generaciones futuras. El diablo aparece y le propone un pacto: hacerlo viajar cien años al futuro para comprobar su fama póstuma a cambio de su alma en el infierno. Por supuesto que Enoch acepta y es transportado al Salón de Lectura del Museo Británico cien años después, más exactamente, al 3 de junio de 1997 a las 2:10 de la tarde. Soames aparece en la biblioteca, se sorprende que la gente que está ahí se le quede viendo, pero consulta los catálogos solo para descubrir que no existe registro de ningún escritor con su nombre. En un juego de espejos digno de Borges, solo encuentra como referencia que Enoch Soames es un personaje de un cuento escrito por su amigo Max Beerbohm. El malogrado poeta regresa, le cuenta a Max Beerbohm lo que pasó y se esfuma, esta vez suponemos que camino al infierno.

Quien sabe cuántas personas habrán leído ese cuento, y de esas, cuántas habrían estado dispuestas a asistir al Museo Británico en la fecha programada. Muy pocas. Lo cierto es que los que lo leyeron, quisieron y pudieron estar ahí, fueron una docena de fieles lectores. Una viajó desde Estados Unidos. Otro desde España. Ni siquiera se pusieron de acuerdo para ir todos juntos. Asistieron discretamente, sin decir nada, con intercambios de miradas y breves comentarios entre ellos. Se comportaron como cualquier otro visitante al grado que los empleados del lugar no notaron nada inusual en ellos.

No me pregunten a qué fueron estas personas. No creo que nadie estuviera esperando que se apareciera Enoch Soames. Supongo que este tipo de cosas funciona como los que van a visitar el departamento donde vivía Sherlock Holmes en Londres, aún cuando saben que Sherlock Holmes no existió.

La sorpresa y la magia están en que ese 3 de junio de 1997 a las 2:10 de la tarde el personaje de ficción Enoch Soames sí viajó desde el pasado, desde cien años antes, y apareció en el Salón de Lectura del Museo Británico ante los ojos atónitos de los que ahí se encontraban. Nadie se atrevió a molestarlo. Después de hacer algunas búsquedas en los catálogos de la biblioteca, el personaje Enoch Soames, se esfumó para siempre, tal como el cuento publicado en 1916 lo había pronosticado. Los fanáticos que ahí se encontraban fueron saliendo uno a uno, llevando consigo la satisfacción de haber vivido un momento íntimo y maravilloso, de esos que difícilmente se les puede contar a alguien más.

Cómo me hubiera gustado estar ahí, en ese momento misterioso. Ver la escena pero también los rostros de los lectores ante la revelación de la magia imposible, ante lo que suelo llamar, un espectáculo secreto. Ser testigo de ese instante en que lo bello, tal vez lo sagrado, camina frente a nosotros. Porque es ahí donde nuestro cerebro y mente recuperan su capacidad de sorpresa, ven el mundo como si fuera la primera vez.

A veces pienso que como escritor, como psicoterapeuta, es a lo menos a lo que se puede aspirar, a inspirar.

Teller

Uno de los que asistieron discretamente al Salón de Lectura, por ejemplo, estaba ahí porque su maestro de bachillerato le había leído el cuento de Max Beerbohm treinta y cuatro años antes y había quedado fascinado, como seguramente le pasó a los otros asistentes. Esa fecha y hora de 1997 quedó grabada en su memoria como un destino por cumplir. Su nombre es Teller y su profesión es mago. Uno de los mejores magos de nuestro tiempo, según dicen. Forma parte del dúo de magos Penn & Teller, el más bajito y silencioso de los dos, para ser exacto. Vive en Las Vegas, donde la gente puede disfrutar de sus presentaciones, y tiene, junto con su pareja escénica, un estilo que apuesta por una representación artística más inspiradora, íntima y de autor, a diferencia del espectáculo vistoso, escandaloso y lleno de efectos al estilo Hollywood, al que David Copperfield nos ha acostumbrado.

Teller es uno de esos magos a quienes les interesa más el qué que el cómo. Uno de sus conocidos actos llamado “Sombras” es una pieza ante la cual más de un mago ha confesado haber dejado caer una lágrima en el momento final. Y no por no poder discernir el truco, sino por el dramatismo de la escena. La magia elevada a arte hace irrelevante el truco. El mismo Teller dice que el método con el que hace su acto “Sombras” ha cambiado a lo largo de los años. Pero eso es algo que pasa desapercibido para quien lo ha visto desde entonces porque lo importante está en otro lado.

Ya lo decía el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke «Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.»

Pues Teller entonces, el gran mago de Las Vegas, fue uno de los inspirados por el cuento de Max Beerbohm y asistió sin decirle a nadie ese 3 de junio de 1997 a las 2:10 de la tarde al Salón de Lectura del Museo Británico en Londres. Presenció la aparición de Enoch Soames como los demás, e igual que los demás, no se atrevió a preguntar. Nadie quería preguntar. Preguntar que cómo era posible lo que habían visto, preguntar si todo había sido un truco, hubiera sido haber terminado con la magia. Aunque claro, si alguno de los asistentes hubiera sabido que ese hombre pequeño y callado era uno de los mejores magos del mundo, tal vez hubiera sospechado que tenía algo que ver con la aparición de un personaje literario del pasado.

Lo sorprendente no está en que nadie preguntó, sino que tampoco nadie se adjudicó la autoría de lo que habían presenciado. Es decir, alguien se tomó la molestia de preparar con la suficiente anticipación a algún actor que representara a Enoch Soames, le consiguió el vestuario adecuado, estudio el lugar para armar la aparición y desaparición, probablemente incluso tuvo que hacerse de cómplices en la biblioteca. Una lista de cosas que solo un mago profesional podría hacer. Y no solo eso, quien lo preparó no tenía idea alguna de cuantos fans del cuento iban a asistir ese día al Salón de Lectura, si es que asistía alguien o si iba a ser un mero performance íntimo y discreto. Solo alguien con mucho amor al arte pudo haber diseñado algo así.

Pues apenas este mes de octubre, quince años después, uno de los asistentes, se imaginarán quien, confesó discretamente ser el autor mientras lo entrevistaban sobre un tema de magia para la revista “Esquire”. Ni siquiera que haya dado una conferencia de prensa, simplemente el hecho salió como parte de la entrevista. Quince años. Y si de años se trata, el mismo Teller esperó treinta y cuatro años desde que su maestro de escuela le leyera el cuento de Enoch Soames y le inspirara a ejecutar este acto de magia. Tanto antes del acto como después, Teller supo hacer lo que los grandes magos, los grandes artistas: guardar silencio, sacrificar los aplausos por el bien de la audiencia y del arte. Dedicación y humildad: de eso está hecha la magia.

¡Qué curioso! La verdad es que cuando empecé con esta historia nunca pensé que iba a encontrar en un mago bajito y callado de Las Vegas a un maestro.

Referencias:
The Honor System por Chris Jones, el artículo de Esquire de octubre de 2012.
A Memory of the Nineteen-Nineties  por Teller en The Atlantic, de noviembre de 1997.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com

El lenguaje de las palomas

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Nietzsche por Edvard Munch

La filosofía, el arte, la literatura, tienen esa capacidad de poder cambiar nuestra manera de ver el mundo, nuestra perspectiva de la vida, con una idea, un gesto, a veces una frase o verso.

A nuestro cerebro le gusta ahorrar esfuerzos y procura estructurar un modelo, una realidad, un mapa, de aquella persona que conocimos por la mañana, de la ciudad que visitamos hace un año, o de la canción o película de moda, para luego no mover mucho las cosas y dejarlo todo así en nuestra memoria.

Y bien hace porque sería imposible que cada segundo el cerebro y mente vieran, escucharan o percibieran sus alrededores como si fuera todo nuevo, como si fuera la primera vez siempre. Hay que ahorrar recursos y solo se da un cambio de opinión sobre política, o sobre la primera impresión que nos provocó el nuevo compañero de trabajo, la manera en que me gusta tomar el café, mis platillos favoritos, solo se da un cambio si el cerebro y mente son convencidos, a veces sacudidos como en medio de una tormenta, de sus creencias, sus certezas, a veces incluso de sus prejuicios, vicios, malos hábitos.

Friedrich Nietzsche, por ejemplo, sembró una idea en el siglo XIX que floreció hasta el XX. Como todas las ideas nuevas, las ideas filosóficas me refiero, en su momento fue explosivamente novedosa. Ahora creo que en el siglo XXI ya es un tema que aparece en películas serie B de Hollywood, pero vale la pena recordarle. Hablo del eterno retorno, idea que en ámbito mítico y religioso no es nuevo, pero que Nietzsche plantea como un escenario, como una idea, como un modelo para ver la vida, y en especial para valorar nuestras decisiones, lo que hacemos cada día.

Esencialmente, si vivimos la vida una sola vez, si cada una de las acciones que decido vivir, las voy a vivir una sola vez, casi nada importa, casi nada tiene peso. Pero si les dijera que toda nuestra vida, todos nuestros actos no solo se van a repetir, sino que se van a repetir idénticos, una y otra vez hasta el infinito, ¿vivirán igual?

Dicho en palabras de Nietzsche: «Si, en todo lo que quieres hacer, empiezas por preguntarte ¿estoy seguro de que quiero hacerlo un infinito número de veces?, esto será para ti el centro de gravedad más sólido.»

Después de leerle esto a mis alumnos de Ética, hace ya muchos años, les decía que cuando alguien tira un pedazo de basura en la calle pensando “qué tanto es una basurita más”, ese acto aparentemente insignificante, toma un sentido totalmente diferente si sabemos que va a repetirse infinitamente por la eternidad.

Un ejemplo similar lo tenemos en el libro “Sum: Cuarenta Historias desde la Otra Vida”, conjunto de pequeñas piezas literarias escritas por un neurocientífico contemporáneo, David Eagleman, sobre mundos, universos posibles, de la vida después de la vida. El primer cuento, que da nombre al libro, se llama Suma y plantea que «En la otra vida tu revives todas tus experiencias, pero esta vez con los eventos mezclados en un nuevo orden: todos los momentos que comparten una cualidad están agrupados juntos. Pasas dos meses manejando en la calle frente a tu casa, siete meses teniendo sexo. Duermes por treinta años sin abrir tus ojos. Por cinco meses seguidos tu ojeas una revista mientras estás sentado en el toilet.»

El escenario es muy sencillo. Aquí no hay eterno retorno, sin embargo, el visualizar el acumulado de tiempo que dedicamos a ciertos actos, provoca que esos actos de nuestra vida también los veamos diferentes. Algunas sumas provocan risa, casi llanto. Es difícil saber si la otra vida expuesta en esta historia es el cielo o el infierno.

«Pasas seis días cortándote las uñas. Quince meses buscando cosas perdidas. Dieciocho meses esperando en la cola. Dos años de aburrimiento: mirando a través de la ventana del autobús, sentado en la terminal del aeropuerto […] Setenta y siete horas de confusión. Una hora dándote cuenta que olvidaste el nombre de alguien. Tres semanas dándote cuenta que estás equivocado […] Seis semanas esperando el semáforo en verde. Siete horas vomitando […] Nueve días pretendiendo que sabes de que se está hablando. Dieciocho días mirando dentro del refrigerador. Seis meses viendo comerciales en televisión. Cuatro semanas sentado pensando, divagando si habría algo mejor que hacer con tu tiempo.»

No sé ustedes, pero para mí, después del eterno retorno nietzscheano o la suma de nuestra vida de Eagleman, cambia mi manera de ver la vida, cambia mi perspectiva de las cosas. Por lo pronto me recuerda que quiero vivir en una ciudad en la que no tenga que pasar tanto tiempo para que el semáforo se ponga en verde. O si tengo que hacerlo, aprovecharlo, disfrutarlo, darle algún sentido.

Y no se trata simplemente de información. Estamos hablando de filosofía, literatura y arte, que conllevan un lenguaje lleno de desplazamientos, de retórica, de formas de presentar un mensaje. Si alguien me dice “vive la vida”, “no desperdicies ni un minuto”, “se feliz” o “vive cada día plenamente”, mi cerebro y mente se van a reir. Nadie cambia por instrucciones.

Para los que preguntan qué es lo que pasa en una sesión psicoterapéutica les puedo responder diciéndoles lo que todo psicoterapeuta espera que pase: un cambio, una transformación en la manera en que el cerebro y mente del consultante ven su mundo; cambiar la realidad a través de su mirada, de tal modo que el cerebro y mente encuentren un nuevo camino, vuelvan a recuperar su capacidad de aprendizaje, se liberen de una visión repetitiva, y vean otra vez ese aspecto de la vida que ya no les funcionaba pero ahora totalmente renovado.

Aunque claro, igual que pasa con el lenguaje literario, filosófico o del arte en general, la efectividad del mensaje no está en la semántica sino en la retórica. Es decir, para quien fuma y quiere dejar de hacerlo, de nada sirve salirle con la cantaleta de lo dañino que es para la salud o de los riesgos de eficema pulmonar. Eso lo saben todos los fumadores. Si saber eso funcionara no vendría escrito en todas las cajas de cigarros. El fumador que quiere dejar de serlo, por seguir con ese ejemplo, ya sabe lo qué quiere y por qué lo quiere. Su problema es que a pesar de saberlo lo sigue haciendo porque a una parte de su cerebro y mente, como a todos, a veces le resulta difícil cambiar, y hace trampa. Y para comunicarnos con algunas partes de nuestro cerebro y mente hace falta otro lenguaje.

Es cuando necesitamos una palabra, un silencio, un pensamiento o una paloma, que nos traigan una tempestad, una nueva dirección en nuestro mundo. Nietzsche lo dice mejor que yo en el famoso Zaratustra: «Las pa­labras más silenciosas son las que traen la tempestad. Pensa­mientos que caminan con pies de paloma dirigen el mundo.»

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com

El superestrés de Supermán

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De la serie: La verdadera historia de los superhéroes
de la fotógrafa Dulce Pinzón

“Eso que me cuentas es como lo que le pasa a Supermán, ¿no?” Le digo a mis pacientes adolescentes, y algunos no tan adolescentes, después de escuchar sus angustias, quejas o malestares por tantos cambios en sus vidas.

Recuerdo, por ejemplo, a un niño que además de estar entrando a la adolescencia estaba adaptándose a los efectos secundarios del medicamento para controlar las crisis epilépticas que su cerebro y cuerpo sufrían sin dicho medicamento. El antiepiléptico causa un hablar lento, como adormecido, pero a cambio, las crisis se esfuman. A este niño recuerdo que le puse de ejemplo a Spiderman, el Hombre Araña, porque la película estaba de moda en ese entonces.

Normalmente me miran extrañados de que alguien se atreva a compararlos con Supermán, Spiderman o el superhéroe en turno, y preguntan, “¿cómo?”

“Sí. Ningún superhéroe nace superhéroe o superespecial. Algunos se convierten en superhéroes y otros descubren que son superhéroes o superespeciales. Un día se levantan y se dan cuenta que tienen una capacidad diferente, y créeme, al principio no es nada placentero.”

“Imagina el día que Supermán, en ese entonces todavía Superboy, o quizás solo un pequeño Clark Kent como en la serie de televisión Smallville, empieza a escuchar más ruido del que normalmente escucha. Además de la conversación de sus padres durante la cena, escucha la respiración de los animales en el granero, las pláticas de otras familias cenando en Smallville, los pájaros trinando al atardecer, en fin, imagínate todo lo que un superoído puede escuchar.”

“Cuando imagino eso”, le digo al adolescente, e insisto, a veces a los no tan adolescentes, “pienso en cómo debe hacer el joven Clark Kent para concentrarse y estudiar para su examen de matemáticas. ¡Aún si se va a la biblioteca va a escuchar todas las conversaciones fuera de la biblioteca!”

“Clark Kent, como todos los superhéroes en algún momento de sus vidas, aprenden a adaptarse a su nuevo físico, su nueva fuerza, sentidos, y cualquier capacidad que cambia.”

Tengo un particular gusto por esos momentos en que los superhéroes están aprendiendo a lidiar con su nuevo cuerpo, nueva fuerza, nuevas capacidades, porque es el momento en que podemos verlos más humanos, con sus angustias y ansiedades, con su estrés, sus preocupaciones, su necesidad de ser aceptados, sus depresiones.

Y claro cualquier adolescente me compra esta idea… por unos segundos, porque luego algunos reclaman que no necesariamente tienen más capacidad para hacer algo, como Supermán o Spiderman, sino que tienen menos capacidad para hacer algo.


Y entonces les cuento la historia de Emma, que leí en el maravilloso libro “The brain that changes itself” del médico Norman Doidge.

Emma fue diagnosticada con retinitis pigmentosa cuando tenía veintitrés años, lo que provocó la muerte de las células retinales en sus ojos. Fue perdiendo la vista hasta que a los treinta y cinco años perdió totalmente la capacidad de ver.

Fue entonces cuando Emma pasó por ese momento, ese periodo en la vida de todo superhéroe, en que hay que aprender que la perdida de una capacidad trae consigo el surgimiento de una nueva.

Para cuando se dio cuenta, cinco años después, Emma era la lectora de novelas más rápida de la ciudad. Tal vez incluso del estado donde vivía. Se convirtió en una superlectora capaz de leer 340 palabras por minuto. Para darnos una idea, quien lea este texto lo debe hacer a unas 100 palabras por minuto en promedio. Esto significa que Emma tuvo un incremento de su capacidad lectora de más del 300%.

La superlectora utiliza un aparato especial pero que se está haciendo muy común con el uso de las computadoras. Este aparato lee en voz alta cualquier texto digitalizado. A diferencia de un audiolibro, la voz es monótona, sin mayor entonación, y solo hace pausas con los signos de puntuación. Al principio, Emma lo usaba a una velocidad muy baja y le molestaba el tipo de voz y la falta de entonación. Pero una vez que se empezó a acostumbrar, reconoció las ventajas de este sistema frente al de un audiolibro leído por la voz de un locutor o celebridad: ella podía regular la velocidad a voluntad. La monotonía de la voz pasó a segundo plano, y es muy similar cuando uno empieza a leer una novela y la tipografía, el tipo de papel, o alguna otra característica de la edición nos disgusta. Al principio nos fijamos mucho en eso, pero conforme la historia avanza todo eso pasa a segundo o tercer término.

Emma, ahora con ceguera, lee muchas más novelas que las que leía cuando tenía su vista. Ha leído todo Dostoyevsky, todo Tolstoi, todo Stendhal, en fin, todo lo que nos gustaría leer a quienes amamos la literatura.

Lo que pasó en el cerebro de Emma es que su corteza visual, todo ese conjunto de neuronas dedicadas a procesar lo que vemos, se quedó sin hacer nada. Y en lugar de desperdiciar esos recursos, la mente se reacomodó y usó ese espacio para procesar más información proveniente del oído. Es decir, ella escucha lo mismo que nosotros, pero es capaz de entenderlo mucho más rápido.

Siempre que hay una pérdida de capacidad en el cerebro o el cuerpo viene un periodo de adaptación que tan solo antecede el surgimiento de nuevas capacidades. El cambio de capacidades puede ser cualitativo, es decir, una función por otra, o cuantitativo, una función que se mejora, no importa. Y todo cambio trae desventajas y ventajas, como ya sabemos. Y por supuesto, hay personas con discapacidades o capacidades diferentes, muy adversas, especialmente para el modo de vida actual, urbano, altamente exigente de productividad, con poco tiempo y paciencia.

Es en este momento de la historia en que los adolescentes, si bien sorprendidos, me miran con escepticismo. A veces es más fácil creer en Súper Hombres y Hombres Araña, que en la súper capacidad de nuestro cerebro y mente. Lo cierto es que les encanta sentirse superespeciales, sentir que están viviendo una aventura como las que ven en los cómics, libros, televisión o películas. Y créanme, el simple hecho de ver la vida que vivimos desde un ángulo diferente, puede ser suficiente para vivir un supercambio y aceptar que todos somos superespeciales.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com

El experto que sabía leer las emociones o de qué pasa cuando un escéptico inamovible se encuentra con una emoción irresistible

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Creo que a todos nos ha dado tentación en algún momento de nuestra vida el poder combinar dos universos, dos mundos aparentemente separados el uno del otro, juntarlos. Por ejemplo, a mi siempre me gustaban esos episodios especiales de caricaturas donde podíamos ver al oso Yogi junto con Don Gato y su pandilla. O por supuesto, Los Súper Amigos o Salón de la justicia, con Supermán al lado de Batman. Y estas combinaciones pueden ser de muy diferentes tipos, ese es el fundamento de la creatividad. A George Lucas le gustaban los westerns con pistolas y los mosqueteros con espadas, y siempre quiso poder tener lo mejor de los dos en una misma película. No a pocos les pareció descabellada tal idea, y bueno, ya saben en que terminó eso, ¿no?

A veces, dan ganas de poner algún personaje de ficción con uno real, por ejemplo. ¿Qué tal poner a platicar a Rambo con Gandhi y ver qué pasa?

Y está la tecnología. Llevar a Julio Verne a una presentación de productos de Apple a ver qué cara pone o que ideas les da.

Algo así ha pasado con los equipos de imagen de resonancia magnética funcional. Estos aparatos que están revolucionando la manera en que entendemos cómo funciona el cerebro humano. Si el siglo pasado cerró con los grandes descubrimientos en genética y genoma humano, este inicio de siglo es de la neurociencia. Y a muchos les está interesando sacar resonancias magnéticas funcionales al cerebro de Supermán o cualquier superhéroe que se deje.

En serio, se está estudiando el cerebro de personas con capacidades diferentes en múltiples campos, algunos tremendamente específicos. ¿Hay diferencias entre el cerebro de un percusionista y el de un bajista o tecladista? ¿Cómo funciona el lenguaje en el cerebro entre una persona bilingüe de nacimiento y una que se hizo bilingüe de adulto? ¿Cómo construye su mundo una persona con autismo en relación con quien no lo tiene? ¿Qué diferencia hay entre la memoria visual y espacial de un taxista londinense con la de un chofer de autobús en la misma ciudad?

Y por supuesto, no faltó a quien ya se le antojó meter a resonancia magnética funcional el cerebro del Dalai Lama. Y bueno, esto es más difícil que meter el de Supermán, porque el Dalai Lama es Su Santidad el Dalai Lama, y Supermán, aceptémoslo, es un inmigrante ilegal venido a más.

Pero vamos a otro universo y luego les revelo su conexión con este.

¿Recuerdan el experto en mentiras de la serie de televisión “Lie to me”? Era el doctor Cal Lightman, que podía saber cuando una persona estaba mintiendo con solo ver las expresiones de su rostro, expresiones mínimas, casi imperceptibles, e inconcientes, llamadas microexpresiones. Es decir,su teoría dice que cuando una persona responde a una serie de preguntas con la verdad, va a mostrar un comportamiento con su cuerpo, su rostro, y cualquier expresión mínima de su cara. En el momento que responda a una pregunta con una mentira, algo va a cambiar, tal vez un pestañeo diferente, una mueca, un tic, por mínimo que sea. Y eso es lo que el doctor Lightman buscaba detectar en los criminales, terroristas o vendedores de hotdogs tramposos que le mentían.

McLeod Ganj, Dharamsala, India

Pues por si no lo sabían, la teoría principal de esta serie de ficción, no es ficción. De hecho, el personaje del Dr. Cal Lightman está inspirado en el Dr. Paul Ekman, que es el que desarrolló todo este sistema que efectivamente usan muchas de las autoridades judiciales y militares en Estados Unidos. El personaje está inspirado en la persona sólo en lo profesional, claro, y se toma muchas licencias poéticas en la aplicación teórica. Para los interesados en el detalle de las diferencias, Ekman mantuvo un blog con sus comentarios a cada episodio de la serie, y el archivo se mantiene en su página personal.

En el año 2000 Paul Ekman fue invitado a las conferencias que cada dos años realiza el Mind and Life Institute, y de las cuales el Dalai Lama ha sido el anfitrión. Estas conferencias se realizan desde 1987 y reúnen a eminentes budistas tibetanos y maestros de diferentes prácticas contemplativas, con no menos eminentes científicos occidentales. Es un intercambio que tuvo que realizarse en privado durante los primeros encuentros, principalmente por la reticencia de los científicos occidentales. Sin embargo, esta privacidad rindió frutos, ya que permitió que ahora se realicen en su mayor parte, públicamente. La labor del Mind and Life Institute ha sido de alta relevancia en los últimos años y vale la pena darle seguimiento también.

Regresando a nuestra historia, ese año 2000 en Dharamsala, India, era la octava reunión organizada por el Mind and Life Institute y el tema fue Emociones Destructivas. Un escéptico aunque curioso Paul Ekman expuso sobre los estudios de Charles Darwin acerca de las emociones, tema en el que también es experto. La química entre Ekman y el Dalai fue inmediata, según relatarían ambos años después. Y a pesar de que la naturaleza de las reuniones no permitió mayor intercambio de ideas, la semilla de una nueva relación estaba sembrada.

Las investigaciones sobre la manera en que la meditación impacta en el cerebro son muy viejas. Desde el siglo pasado, en la década de los ochenta Herbert Benson estudió cambios fisiológicos en temperatura corporal en meditadores himalayos que precisamente generaban calor con su cuerpo. Tal vez hayan visto documentales en la televisión al respecto. Y el mismo Paul Ekman descubrió como monjes y meditadores experimentados tienen un extraordinario nivel de exactitud para leer emociones en las expresiones faciales, mucho más hábiles, confiables y eficaces que todos los sujetos con los que había experimentado previamente. Mucho mejores tal vez, que los mismos personajes de la serie de televisión “Lie to me”.

Ekman volvió a ver al Dalai Lama en otra de las conferencias de Mind and Life, esta vez en el 2004, en Vancuver, Canadá, pero solo como asistente y no como conferenciante. Sin embargo, escuchar los nuevos puntos de vista sobre emociones por parte del Dalai Lama, generó en Ekman más entusiasmo y un prontuario de temas y preguntas para profundizar sobre la manera en que las emociones nos unen y nos separan, nos hacen mejores personas, pero también nos pueden dañar. No sólo logró hacer llegar esas preguntas al Dalai Lama sino que éste le dio un espacio de tres días para tener un diálogo e intercambiar ideas. Claro, debido a la ocupadísima agenda de su santidad, esta cita se realizó catorce meses después, pero eso no importaba. Varios otros científicos aportaron al prontuario y a los temas, así como varios otros estudiosos tibetanos. El resultado de esas conversaciones está condensado en el libro «Sabiduria Emocional. Una conversacion entre S.S. El Dalai Lama y Paul Ekman».

Más allá de todo ese intercambio de conocimientos e ideas, quiero hacer énfasis en algo mucho más humano y personal. Tiempo atrás, en el 2001, el Dalai Lama conoció de primera mano los equipos de resonancia magnética. Al menos los que había en aquel entonces, porque estos equipos se actualizan y mejoran a la velocidad que Apple saca nuevos modelos de iPhone. Y de hecho, pudo ver el resultado de unas imágenes obtenidas de un meditador experto, ante las que mostró gran interés. Sin embargo, subrayó lo esencial de la aplicación del método en primera persona, en vivir la experiencia fenomenológica de los propios estados cognitivos, emocionales y psicológicos.

Y ahí es adonde quería yo llegar. Y llevarlos a ustedes conmigo, por supuesto. El primer encuentro que les platicaba entre el experto de la mentira, Cal Lightman, digo, Paul Ekman, y el Dalai Lama, que como todo budista es seguidor del Dharma, de la verdad, tuvo un momento fuera de las conferencias, en uno de los recesos. En ese receso, la hija de Ekman, Eve, pudo hacerle una pregunta informal al Dalai Lama, y mientras su santidad le respondía Paul Ekman vivió uno de esos momentos extraordinarios que cambian la vida. Sintió un par de sensaciones físicas, para las cuales no tuvo palabras que las definieran. Una, tal vez podría acercarse a calidez. La segunda es más difícil todavía de explicar. Vio a todos a su alrededor como a distancia. En sus palabras, “como si los estuviera viendo desde el lado opuesto de unos binoculares”. La bondad irradiaba todo a su alrededor. Sea lo que fuere, lo cambió. Hasta su esposa, con quien pasó unos días de vacaciones después de las conferencias, le dijo, sin saber nada de la experiencia específica, “no eres el hombre con el que me casé, es mucho más sencillo ahora estar contigo”.

Y no se malentienda, no fue un milagro por haber estado con el Dalai Lama. Ni el mismo Dalai Lama cree eso. Ekman experimentó, según sus propias palabras, “una conciencia inusual que transformó íntimamente su vida emocional”. Lo cambió de ser un pesimista a un optimista, su impaciencia se fue, su frustración se fue, en los siguientes siete meses no tuvo ataques de ira, incluso se dio cuenta que había tenido ira todas las semanas de su vida desde que tenía dieciocho años y había vivido un pleito muy fuerte con su padre.

Ese día en Dharamsala, el experto en emociones se encontró con una emoción que cambió su vida, y la cual, bajo su visión científica y occidental, sigue siendo un misterio. El experto en mentiras parece haber encontrado una verdad.

 

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com

 

 

El espíritu del malvado tigre ante la neuroley

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Un hombre o mujer, después de días de pesadumbre y dolor, se enoja, entra en un estado de ira incontrolable. Está contra todo y contra todos. Rompe cosas. Golpea personas. Tal vez incluso las hiere, las daña, y puede llegar a matarlas.

En occidente, en esta cultura nuestra griego-romano-judeo-cristiana, la persona enojada al grado de la ira es responsable de su enojo, de su ira, y de todas las consecuencias que traiga consigo. La única manera de evitar tal responsabilidad es la de alegar locura, un daño cerebral, algún padecimiento físico que demuestre la inconciencia del acto. A veces incluso, en el afán de buscar culpables, se investiga al psicoterapeuta, al psiquiatra, a los maestros de escuela, o a la sociedad por permitir que esto pase.

La historia reciente de los Estados Unidos, al menos la construida por los medios masivos, está llena de estos casos, principalmente de adolescentes que cargados de armas de fuego y municiones disparan a multitudes inocentes. Y claro, si hablamos de conciencia, responsabilidad, emociones o identidad, estamos en el terreno de la neurociencia. Y si la neurociencia está cambiando radicalmente nuestro modo de ver todo lo que tiene que ver con la mente y el cerebro, la ley y la justicia no son la excepción. Tan es así que ahora existe la materia de neuroleyes en algunas universidades gringas.La línea que separa a una persona declarada como no sana o “insane” y una capaz de responder por sus actos, siempre ha estado ahí. El caso que siempre se cita como ejemplo es el de Charles Whitman, quien es tristemente recordado por matar a trece personas y herir a treinta y dos en el campus de Austin en la Universidad de Texas en el año de 1966, al apostarse como francotirador y asesinar desde la cima de una torre a quien iba caminando. No pudo ser atrapado vivo, como gusta la justicia occidental, y tuvo que ser asesinado para detener la masacre. La investigación posterior reveló que la noche anterior había matado en su casa a su madre y a su esposa, con quien vivía.

Pero lo más interesante fue la carta póstuma que dejó en esa casa en donde decía lo mal que se había sentido en las semanas previas, al grado de sospechar que tenía algo raro en su cabeza. Pedía perdón por los hechos y solicitaba que se le hiciera una autopsia en su cerebro para explicar su malestar y dolores de cabeza además de realizar con él investigaciones que previnieran casos como el suyo. Y así se hizo. Se realizó la autopsia y se encontró un tumor en el área de la amigdala, la cual es la encargada de encender los motores de ataque y agresión en nuestro sistema nervioso.

Charles Whitman murió sin ser juzgado, pero las preguntas siempre persistirán con respecto al grado de responsabilidad en sus actos.

Hoy, la neurociencia está descubriendo que muchas de las acciones que realizamos día a día y que creíamos que elegíamos concientemente, son en realidad procesadas por elementos no concientes de nuestro cerebro y mente. Nuestro yo conciente es una parte pequeñita comparada con todos los procesos neuronales no concientes, a los que no tenemos acceso pero funcionan cotidianamente. Los hombres, por ejemplo, prefieren elegir retratos de mujeres con ojos dilatados aún cuando concientemente no sepan que esa es la razón de su elección. Esto es fácil de entender y aceptar con ejemplos aplicados a consumo. Pero el tema se complica cuando hablamos de asuntos legales.

Siempre había creído que el fenómeno del asesino que sin motivos dispara a multitudes inocentes era casi exclusivo de la sociedad norteamericana moderna. Me sorprendió recientemente encontrarme conque no es así. Lo que sucede es que cuando un fenómeno como este pasa en otras culturas no hacen tanto escándalo. Al menos, la manera de ver el fenómeno define las características del mismo y por lo tanto las consecuencias. Me explico con un ejemplo directo.

En Malasia también un hombre o mujer, después de días de pesadumbre y dolor, se enoja, y entra en un estado de ira incontrolable. Está contra todo y contra todos. Rompe cosas. Golpea personas. Tal vez incluso las hiere, las daña, y puede llegar a matarlas. Pero en este país, en esta cultura, se dice que a esta persona se le metió el amok. El amok es el espíritu de un malvado tigre. Cuando a alguien se le mete el amok, no hay modo de que se detenga, empieza a matar a cuanta persona se le pone enfrente y casi siempre termina asesinado por la policía para evitar más muertes. Contrario a lo que normalmente se argumenta en el caso de las leyes norteamericanas (y lo señalo sin el afán de entrar en polémica) en Malasia el acceso a las armas de fuego es muy difícil por parte de la sociedad civil, pero esto no impide las muertes por amok ya que quien es poseído usa sables o espadas. Igual que en el caso de la mayoría de los asesinos norteamericanos de este tipo, a quien le da el amok tiene un periodo de preparación, no es una ira momentánea. Existe lo que legalmente conocemos como premeditación. La diferencia es que para los malayos la persona no es responsable, en el sentido legal de occidente, ya que se reconoce que fue poseída por este espíritu. No fue su culpa. Esto tiene implicaciones sociales determinantes. Por ejemplo, los familiares de los inocentes que mueren en estas masacres no lo ven como algo personal, o víctimas de un homicida, o hechan la culpa al asesino. Para ellos, el morir en manos de un poseído por amok es el equivalente a morir por terremoto, tsunami o la caída de un rayo. El dolor es terrible y el duelo muy largo pero para ellos son cosas que pasan.

La posesión por amok, o dicho en términos occidentales, el síndrome del amok, está clasificado dentro del famoso “Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales” o DSM-IV TR, en el Apéndice: Guía para la formulación cultural y glosario de síndromes dependientes de la cultura.

Los invito a reflexionar sobre la gran diferencia que implican estas dos visiones de un mismo fenómeno. La salud mental de una sociedad, de las víctimas o afectados por el hecho, el perdón, en fin, son dos mundos totalmente diferentes.

Lo curioso es que tal vez esa visión oriental está mas cerca de explicar cómo funciona la mente y cerebro humanos según va descubriendo la neurociencia actual. Somos responsables de nuestros actos, más no necesariamente culpables. Mis emociones son escasamente generadas por mí, es decir, concientemente por mí. Esto es, no soy un hombre enojado, iracundo, o neurótico. Soy un hombre con enojo, que tiene ira, que tiene neurosis. Más aún, soy un hombre poseído a veces por el enojo, la ira o la neurosis. Si no les gusta la palabra poseído, digamos que el enojo, ira o neurosis surgen en mí, nacen en mí, sin que intervenga mi conciente.

La diferencia a nivel personal y psicoterapéutico también es fundamental. Reconocer esas emociones cuando surgen, muchas de ellas por mecanismos de protección o defensa, de vigilancia natural e incluso benéficas, en nuestro cerebro y mente, es muy importante. Pero una vez que surgen lo menos razonable es alimentarlas con ideas de culpabilidad y castigarnos con ellas. Si ya percibí el surgimiento de un enojo en mí, está tan bien o tan mal como cuando llueve, así que no vale la pena lamentarse y dolerse debajo de la lluvia, sino resguardarse, sacar un paraguas y en cuanto sea posible poner la ropa mojada a secar.

Recuerda, cuando tengas experiencias que generan emociones positivas, profundiza esas emociones, aliméntalas. Y cuando tengas experiencias que generan emociones negativas, trae a la mente, recuerda experiencias positivas que te hagan recordar y sentir emociones positivas.

Si el amok llega, si el espíritu del malvado tigre llega, no lo alimentes.

El autor, Adolfo Ramírez Corona es psicoterapeuta, escritor, filósofo y especialista en medios. Puedes encontrar más artículos de él o información sobre sus servicios y el poder transformador de la mente en su sitio adolforamirez.com